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La derrota de la ciencia

Sentado en una silla de oficina, frente a la computadora y en la seguridad de mi habitación, leo en distintos medios (pero mejor, en las redes de los periodistas que sigo) la constante y homogénea realidad que el Coronavirus diseminó, en forma de muerte, sobre los países del planeta. Como se ha escrito en innumerables ocasiones, la única igualadora es la “dama de negro”, que nos impone a todos el inexorable destino con su dalla. 

Dejo la prosa de lado y me concentro en lo que me llevó a escribir estas líneas. Hace 17 años, Li Wenliang detectó un virus que era muy similar al SARS (una enfermedad respiratoria muy contagiosa y ocasionalmente fatal provocada por el coronavirus que apareció en China en 2002) aunque con sutiles diferencias. Intentó advertir a la comunidad de su país, lo acusaron de estafador y fue investigado. En febrero de este año, Li falleció en la cama de un hospital, tras haberse infectado con COVID-19 mientras atendía un brote en su región.

Sin temor a equivocarme, puedo afirmar que nunca sabremos con rigor científico las consecuencias que la explosión del virus provocó en China. Ni el número de infectados y, mucho menos, la cantidad de personas fallecidas. El régimen que allí gobierna ocultó las cifras de la pandemia al resto del mundo y a sus propios habitantes. Basta observar la reacción de las ciudades linderas a Wuhan cuando las autoridades abrieron los accesos y una masa de ciudadanos quiso regresar a sus casas. 

La advertencia de Li quedó en la nada. Lo mismo ocurrió con la utilización de la sesgada información que llegaba desde China (más de 81.400 infectados y más de 3300 fallecidos para una población de 1,386 miles de millones, según el censo de 2017). En Europa no se hicieron eco de lo que sucedía en Asia; en América lo veíamos como una crisis “lejana”, indiferentes al concepto de globalización e ignorantes de lo que éste implica. El virus llegaría con seguridad, sólo era cuestión de tiempo. 

Al momento de tipear este apunte, hay +/- 660.000 personas infectadas de COVID-19 y poco más de 30 mil decesos en 193 países del mundo. Estados Unidos lidera la lista con más de 100.000 casos diagnosticados, aunque más de la mitad de la totalidad de casos registrados provienen de Europa. 

¿Fueron escasas o mal comunicadas las alertas que médicos, científicos y periodistas le hicieron a las autoridades? La letra nos demuestra que no. Cada declaración de presidentes o ministros de los denominados países del primer mundo va en sentido contrario a la pregunta. Boris Johnson, Donald Trump, Sergio Mattarella, Pedro Sánchez, Emmanuel Macron relativizaron la amenaza y sus medidas de gobierno fueron acordes a esa ligereza. En América del Sur hicieron otro tanto los argentinos y brasileños. 

Según los pocos datos que pudo recabar la Organización Mundial de la Salud, la tasa de mortalidad del Coronavirus era del 3,4% de los casos confirmados, similar al 2,5% que posee el dengue, la otra enfermedad “masiva” presente en este momento en Argentina. Ambas están lejos del 13% que la gripe común alcanza cada año. No obstante, el problema con el COVID-19 es su alta capacidad de contagio y el efecto resultante que esa situación genera en el sistema de salud, nunca preparado para atender miles de casos en cuestión de horas.

Lo que describo aquí es asequible para cualquiera que tenga acceso a Internet y tenga ganas de bucear en diferentes portales que brindan información ordenada y de fuentes oficiales. Es decir, es innegable que quienes están a cargo de gobernar sabían de antemano lo que sucedía y, peor aún, lo que estaba por suceder. Tenían tiempo y algunos también recursos, podían preveer y prepararse. Eligieron creer. Y, en general, los ciudadanos fueron por esa misma senda.

¿En qué? No lo sé. Ante la evidencia científica y empírica, prefirieron la creencia de algo que se me escapa. Sí, hay impericia, irresponsabilidad y oportunismo en esta crisis. Mas lo que me preocupa es cómo la ciencia perdió la batalla en su campo y su relevancia en la sociedad.

Comentarios

  1. En 1992, James Carville un asesor en Economía de Clinton, acuñó la célebre frase que aún se usa: "Es la economía estúpido". Parece ser que es la única cosa que recuerdan de ese hombre brillante (Carville, no Clinton). Además, en su despacho, tenía otras dos m´ás escritas, allí van: Cambio vs. más de lo mismo y No olvidar el sistema de salud. Es obvio que las otras dos no fueron tenidas en cuenta. Con esas tres premisas y buenos técnicos, podés gobernar exitosamente. Te felicito por la investigación y, como siempre, la impecable redacción.

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  2. evidentemente no sale, soy el autor de tus días (o al menos el que te dió el apellido... ¡jejejej!)

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