Los Cuatro Cazadores y el Jabalí del Cielo (2020)
Hace muchos años, cuando los grandes dioses todavía reinaban en el Universo y los animales podían hablar con los humanos, el deseo de aventura unió a cuatro cazadores expertos: el hombre, el búho, el lobo y el águila.
De esa época se recuerdan algunas historias, aunque la mayor parte quedaron en el olvido. El elefante, la ballena y acaso la tortuga (que será un importante personaje de este relato) todavía se acuerdan de cómo era el mundo entonces. Nosotros, que ya no sabemos cómo hablar con ellos, hemos perdido el hilo de ese ovillo de leyendas. Las preocupaciones diarias y el trajín de la nueva era borraron de la memoria colectiva aquellos momentos ahora lejanos en el tiempo.
Pero antes de comenzar con la crónica de los cuatro aventureros, se hace necesario brindar una breve explicación de un episodio cósmico que ocurrió siglos antes y dio origen a muchas de las cosas que hoy vemos todos los días sin prestarles demasiada atención.
La Tierra, la Luna y el Sol se hallaban más cerca de lo que están ahora. Esto se debía a que los dioses que los llevaban sobre sus lomos eran amigos y gustaban de pasar el tiempo juntos conversando. Ellos eran la Gran Tortuga, que transportaba al globo terráqueo; el Fiero Jabalí, que cargaba al satélite; y el Paciente Carpincho, que con mucho cuidado movía a la gran estrella, siempre cuidadoso para no quemar a sus compañeros.
El ciclo del día y la noche dependían del sueño de estos tres animales, por eso la vida en la Tierra era todavía mínima. Apenas había algunos árboles y peces en el mar, nada caminaba sobre la pradera ni trepaba las altas montañas.
En una de esas largas charlas que el trío mantenía durante horas y horas, una discusión irrumpió como un meteorito entre dos de ellos. No sabemos qué la comenzó ni el tono de la charla. Lo cierto es que la Gran Tortuga se enojó y pronunció feas palabras, el Fiero Jabalí respondió en igual medida y la pasiva amistad se convirtió en una brutal pelea.
El Fiero Jabalí, que sabía de batallas, embistió con sus colmillos a su adversario. La Gran Tortuga, con una inteligencia sin rival, esperó hasta el último segundo y luego se escondió dentro de su caparazón. El choque de los huesos y placas retumbó por todos los confines del Universo y las chispas saltaron hacia el oscuro vacío. Algunas de ellas son las estrellas que hoy vemos en el cielo. La fuerza del impacto fue tal que separó a ambos dioses.
El cataclismo modificó la geografía de la Luna y de la Tierra, permitiendo que otras especies proliferaran en ambos cuerpos celestes.
Como mero observador quedó el Paciente Carpincho, quien abrumado por la tristeza de ver a sus amigos combatir se alejó solo y lejos. Al Fiero Jabalí lo siguió su prole, que se diseminó por el cielo; pero de la Sabia Tortuga poco sabemos. O, mejor dicho, habría que preguntarle al hipopótamo viajero: se dice que él logró alcanzarla y conversar con ella. Pero esa es una historia para otro momento.
Así quedó constituido el firmamento bajo el cual sucedieron las andanzas de los cuatro cazadores que vamos a contar.
Nuestra historia, como todas las historias, empezó alrededor de una fogata bajo una noche estrellada, en un bosque poblado de altos árboles. Sentado al lado del fuego con una paja en la boca y la mirada perdida, un hombre miraba los puntos luminosos en el cielo. Del cinto de cuero, enfundado en una vaina con dibujos, le colgaba un cuchillo. En su espalda cargaba un carcaj con varias flechas, algunas de ellas ajadas por el uso. Sobre el tronco en el cual estaba apoyado, descansaba el arco de tejo. Los grillos y las alimañas que rodeaban la escena se preguntaban qué tenía al hombre tan preocupado: en su rostro las cejas bailaban con la música del pensamiento. Ya fruncía el ceño o arrugaba los labios, en una clara lucha de ideas.
Un ardilla que lo observaba desde una rama ubicada justo sobre la cabeza del cazador (porque esa era la profesión del desconocido), mascaba sin cesar una avellana. Se hallaba tan concentrada en su labor que por poco cayó de su lugar en lo alto cuando la figura escupió la paja y se irguió de un salto.
“¡Pero claro! ¡Eso es lo que tengo que hacer!”, contestó el hombre a una pregunta que sólo él conocía. Después miró en todas las direcciones posibles, como buscando un compinche que lo apoyase en su decisión. El bosque le devolvió oscuridad y ruido de insectos. Bajó la vista y vio su tenue sombra. Estaba solo y la empresa que se había propuesto llevar a cabo era demasiado grande, aunque su voluntad no mermó en absoluto; era valiente y un poco ingenuo.
¿Qué era lo que había resuelto? Nada más y nada menos que cazar “al jabalí más grande y salvaje” que alguna vez hubiera existido en el mundo.
Con el asunto zanjado, acomodó la manta extendida sobre el suelo y la bolsa -con una muda de ropa y utensilios de cocina- que usaba como almohada. Apoyó la cabeza, cerró los ojos y volvió a soñar, ahora con la paz de alguien determinado a realizar una tarea difícil.
A la mañana siguiente se levantó temprano. Lo despertó el rocío de la madrugada y con premura se lavó la cara en un arroyo, preparó el desayuno y se dispuso a iniciar la búsqueda de su presa. Ese día caminó muchas leguas, adentrándose más y más en el bosque, que bullía de vida en cada rincón. Cruzó más de una piara y varios venados; ninguno tan peligroso como lo que pretendía cazar. La tarde se fue entre zancadas y huellas. Cuando la Luna apareció brillante, nuestro héroe frenó su marcha y preparó un campamento para pasar la noche.
Mientras cocinaba un trozo de pescado, dos círculos amarillentos llamaron su atención. Tardó en darse cuenta que se trataba de dos ojos que parecían mirarlo a él. El chucheo delató al animal y el cazador se relajó un poco. “Es sólo un búho”, se dijo. En sus paseos había visto miles de pájaros, pero este en particular llamó su atención.
“¿Qué le pasa a este muchacho?”, pensaba el búho. Lo miraba de reojo porque tenía la atención puesta en una rata de la pradera que husmeaba el aire a dos metros del fuego. Entonces, el roedor se movió y el ave supo que era su oportunidad. Saltó de la rama con las patas y las alas, con un vuelo rasante cubrió la distancia que la separaba de su captura y la atrapó con sus garras. Toda la acción duró un instante. Fue tan rápida que el único testigo no pudo menos que asombrarse ante la precisa habilidad del pájaro nocturno.
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