Tormenta de Verano (2000)
A Leira no le gustaba ver televisión, pero ese día no podía hacer otra cosa a causa de la tormenta que acosaba su casa. Por momentos llegó a pensar que sólo llovía sobre su pequeño hogar, pero cada vez que miraba por la ventana, la calle inundada o las ondas dibujadas por las gotas al caer sobre un charco u otro amontonamiento de agua, le demostraban que no era así. No obstante le preocupaba que en la televisión no dijeran absolutamente nada del terrible aguacero, que ahora se le había hecho imposible de soportar.
Volvió a mirar por la ventana y vio solamente un diluvio, semejante en cantidad y desesperación al que azotara a Noe y su tripulación; entonces la histeria le corrió por su mente y comenzó a gritar y a zapatear contra el suelo, golpeó cuanta pared se le cruzase en su excéntrica carrera y luego se detuvo, tal vez por la agitación o quizás porque comprendió que no lograría nada si se volvía loca.
“¡Un cigarrillo!”, pensó. Sí eso era lo que necesitaba ahora, un simple cigarrillo. Buscó en vano por toda la casa, revisó la basura, los ceniceros, los bolsillos de toda su ropa, pero no había siquiera una colilla.
¡ Ni un cigarrillo, por Dios! Primero el temporal, luego la televisión y, ahora, se le negaba algo tan simple como fumar un cigarrillo. ¡¿Cómo es que la lluvia no le permitía hacer nada?!. Sí, todo era culpa de ella, incluso le molestaba la de la ducha, por lo que sólo se bañaba con la bañera llena.
Las ganas de fumar le dieron motivo suficiente para salir a la calle y comprobar “ en carne propia”, si realmente sólo llovía en su casa (ahora casi se había convencido de que así era). Se puso un buzo, zapatillas, el rompevientos verde y salió; más que miedo sintió inseguridad; la lluvia, que se había hecho más fuerte, no le permitía ver mucho y temía golpearse o caerse y no había nadie en la calle para poder ayudarla si le pasaba algo. Casi corriendo cruzó, la avenida que estaba completamente tapada por el agua, que le llegaba hasta los tobillos. Logró atravesarla y apuró el paso, sólo faltaban veinte metros para llegar al ansiado quiosco. Cuando entró, estaba tan empapada que la señora que atendía le alcanzó una toalla, para que por lo menos se secara la cara. Hablaron durante cinco minutos y después de pagar los cigarrillos, pensó en encender uno, no sea que cuando llegase a su casa los cigarrillos estuviesen mojados, tomaría tiempo secarlos y Leira quería fumar lo antes posible.
Una vez terminado el cigarrillo emprendió el regreso, pero al salir notó que la tempestad, lejos de haber aminorado, había empeorado considerablemente. “Hoy es uno de esos días”, pensó y comenzó a caminar. Pero terminados los veinte metros que la separaban de la calle, no encontró la avenida, lo cual era imposible porque estaba segura de haber salido para la derecha, y ella había entrado al negocio por la izquierda. Caminó un poco más, pero la avenida no estaba; tal vez tendría que regresar al quiosco y comenzar de nuevo, pero eso le llevaría tiempo y ya casi llegaba a la esquina; sólo tenía que dar la vuelta a la manzana... lo que sería todavía más tiempo perdido. Giró sobre sus pies y corrió hasta el quiosco que para su sorpresa no pudo encontrar. ¿Cómo era posible, si estaba segura de haber girado en 180 grados? Ahogó un grito que estaba a punto de estallar en su garganta, pero comprendió que eso no le serviría de nada, pues nadie la escucharía. Aunque la desesperación la dominaba, se sentó abrazándose las rodillas a esperar a que el aguacero parara o por lo menos menguara un poco y la dejase ver su camino.
La lluvia no se detuvo hasta pasados dos días, y los destrozos causados le valieron a la municipalidad doscientos mil pesos, la gente se quejó por el mal estado de las tuberías de la ciudad y una quiosquera perdió a una cliente que le compraba a diario. Fuera de eso todo siguió su curso normal y el sol volvió a salir, brillante y dorado como nunca.
Volvió a mirar por la ventana y vio solamente un diluvio, semejante en cantidad y desesperación al que azotara a Noe y su tripulación; entonces la histeria le corrió por su mente y comenzó a gritar y a zapatear contra el suelo, golpeó cuanta pared se le cruzase en su excéntrica carrera y luego se detuvo, tal vez por la agitación o quizás porque comprendió que no lograría nada si se volvía loca.
“¡Un cigarrillo!”, pensó. Sí eso era lo que necesitaba ahora, un simple cigarrillo. Buscó en vano por toda la casa, revisó la basura, los ceniceros, los bolsillos de toda su ropa, pero no había siquiera una colilla.
¡ Ni un cigarrillo, por Dios! Primero el temporal, luego la televisión y, ahora, se le negaba algo tan simple como fumar un cigarrillo. ¡¿Cómo es que la lluvia no le permitía hacer nada?!. Sí, todo era culpa de ella, incluso le molestaba la de la ducha, por lo que sólo se bañaba con la bañera llena.
Las ganas de fumar le dieron motivo suficiente para salir a la calle y comprobar “ en carne propia”, si realmente sólo llovía en su casa (ahora casi se había convencido de que así era). Se puso un buzo, zapatillas, el rompevientos verde y salió; más que miedo sintió inseguridad; la lluvia, que se había hecho más fuerte, no le permitía ver mucho y temía golpearse o caerse y no había nadie en la calle para poder ayudarla si le pasaba algo. Casi corriendo cruzó, la avenida que estaba completamente tapada por el agua, que le llegaba hasta los tobillos. Logró atravesarla y apuró el paso, sólo faltaban veinte metros para llegar al ansiado quiosco. Cuando entró, estaba tan empapada que la señora que atendía le alcanzó una toalla, para que por lo menos se secara la cara. Hablaron durante cinco minutos y después de pagar los cigarrillos, pensó en encender uno, no sea que cuando llegase a su casa los cigarrillos estuviesen mojados, tomaría tiempo secarlos y Leira quería fumar lo antes posible.
Una vez terminado el cigarrillo emprendió el regreso, pero al salir notó que la tempestad, lejos de haber aminorado, había empeorado considerablemente. “Hoy es uno de esos días”, pensó y comenzó a caminar. Pero terminados los veinte metros que la separaban de la calle, no encontró la avenida, lo cual era imposible porque estaba segura de haber salido para la derecha, y ella había entrado al negocio por la izquierda. Caminó un poco más, pero la avenida no estaba; tal vez tendría que regresar al quiosco y comenzar de nuevo, pero eso le llevaría tiempo y ya casi llegaba a la esquina; sólo tenía que dar la vuelta a la manzana... lo que sería todavía más tiempo perdido. Giró sobre sus pies y corrió hasta el quiosco que para su sorpresa no pudo encontrar. ¿Cómo era posible, si estaba segura de haber girado en 180 grados? Ahogó un grito que estaba a punto de estallar en su garganta, pero comprendió que eso no le serviría de nada, pues nadie la escucharía. Aunque la desesperación la dominaba, se sentó abrazándose las rodillas a esperar a que el aguacero parara o por lo menos menguara un poco y la dejase ver su camino.
La lluvia no se detuvo hasta pasados dos días, y los destrozos causados le valieron a la municipalidad doscientos mil pesos, la gente se quejó por el mal estado de las tuberías de la ciudad y una quiosquera perdió a una cliente que le compraba a diario. Fuera de eso todo siguió su curso normal y el sol volvió a salir, brillante y dorado como nunca.
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