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El Rey Inmortal

El Rey Inmortal (2015)


La noche no tenía estrellas, Mehu acechaba desde el norte y las fuertes ráfagas de Iltanu chocaban con las murallas de la extensa Uruk. A esa hora las calles de El Redil se encontraban vacías. Un hombre oculto en su manta, de rostro cansado y pensativo, se detuvo en la puerta de la taberna y oteó el horizonte, observando las negras nubes que se acercaban desde la tierra del frío y las estepas.
Así permaneció durante un tiempo indeterminado, apoyado sobre el largo bastón. El Templo, que ocupaba uno de los tres SAR que ostentaba la polis, ya se encontraba sumido en la niebla.
Cuando al fin se decidió a entrar, las primeras gotas comenzaron a caer, levantado el polvo al impactar en el suelo. El peto de cuero le ajustaba debajo del manto encapuchado haciendo que las correas lastimen los músculos de su espalda, pero no podría acomodarlo sin develar su identidad.
Abrió la puerta de madera y en la tenue luz de antorchas y velas echó un vistazo al interior de la casona con los ojos entrecerrados para evitar que el humo lo haga llorar.
Por un fugaz momento algunos parroquianos lo observaron con curiosidad al entrar, para luego volver los ojos hacia la bebida que tenían frente a ellos.
Evitando hacer ruido con su armadura, se sentó sobre uno de los bancos de madera de una mesa escondida tras una columna y llamó al tabernero alzando el brazo y mostrando en la mano una pieza de oro sostenida entre el dedo índice y el pulgar. Con un sutil movimiento de cabeza el hombre le dio a entender que sería el próximo en ser atendido; como siempre, el brillo del metal era a los humanos lo que la sangre fresca para un mosquito.
El bullicio comenzó a molestarle, pero esa noche buscaba la tranquilidad del anonimato y sólo podía conseguirlo si se mantenía lejos del palacio, al amparo de los sabios, los monjes, las esclavas, los súbditos y los consejeros. Como respuesta a sus cavilaciones una pregunta se formó en su mente ¿por qué había elegido este lugar para sentarse a pensar?
Afuera la tormenta arreciaba con furia; el impacto del agua golpeando contra el techo le hizo recordar La Guerra, porque ahora todas las guerras se habían vuelto la misma en su memoria; y con el sonido del hierro y la piedra también apareció la imagen de su tan llorado hermano.
Mientras se llevaba el bote con el brebaje a los labios y elevaba una breve plegaria a Shamás sintió cómo ese pensamiento traía otros similares, de hazañas de juventud y obras que serían cantadas hasta el fin de los días; pero siempre volvía a su protector y amigo, víctima de una incurable enfermedad enviada por celosos y vengativos dioses que lo castigaron por la muerte de Huwawa.
Fue con la cuarta cerveza -ésta más especiada y de un color amarillo turbio- que reparó en el individuo que lo miraba desde la oscuridad de una capucha que apuntaba hacia su mesa. No supo explicar cómo se dio cuenta que lo estaba observando, porque el hombre -intuyó que lo era- tenía el rostro completamente oculto en las sombras. Vestía una toga sin color definido y no se alcanzaba a distinguir parte alguna de su cuerpo.
Estaba solo, como él, y esa revelación le causó a la vez incomodidad y curiosidad. Por toda la concurrencia se destacaban grupos de amigos, compañeros o afines que habían venido y se irían juntos. Además, se dijo, había algo raro en su forma de estar ahí, sentado, sin tarro ni plato en la mesa que, por otra parte, no mostraba signos de haber sido servida en ningún momento.
Pensó en llamar al tabernero para preguntarle quién era aquél personaje que se daba el gusto de mirar sin ser mirado, pero tuvo temor a ser reconocido. Como obedeciendo a algún embrujo, el dueño de la posada se acercó a su mesa y, sin mediar palabra, le llenó el vaso. El Rey aceptó también en silencio y bebió un largo trago mientras clavaba sus claros ojos en la misteriosa figura.
Lentamente, una mano flaca -¿o eran huesos?- asomó apenas de la túnica haciendo el signo del siete a modo de saludo. La visión de aquellos dedos blancos lo estremeció y temeroso apuró la bebida dispuesto a volver al palacio.
Había algo en esa mano, en toda esa escena, que señalaba hacia un lugar definido de antemano, un destino del que nadie, ningún ser vivo, podía escapar. El lo había intentado, hacía tiempo ya, y supo de alguien que había conseguido escapar de la cruel suerte de la condición humana.
Esa búsqueda le llevó años y la falta de resultados le quitó otros tantos; su propio cuerpo era un compendio de historias de vida y su corazón había perdido el júbilo de la juventud.
Se levantó del taburete tambaleando, sintiendo cómo la cerveza se abría paso desde la cabeza hasta los pies, y girando con dificultad se quedó mirando a la figura que sin torpeza imitaba sus movimientos.
Durante un breve instante lamentó no estar lo suficientemente ebrio para escapar al significado de la situación, pues comprendió todo cuando, por fin, pudo ver el rostro detrás de las sombras. Entonces, Ereshkigal le sonrió y permaneció erguido, esperando a que el hijo de Rimat-Ninsun y Lugalbanda tomara una decisión.
A largas zancadas, Gilgamesh fue acercándose a la puerta, y si bien ahora no tenía miedo, quería salir de ese lugar que hedía a ajo y cebada. Afuera, el color del cielo ya había cambiado y la claridad comenzaba a ganar terreno. Con un suspiro o un bostezo, pensó que tal vez morir no sería tan malo: había vivido bien y mucho, junto a Enkidu conoció lugares que nadie vería jamás, y el paso del tiempo fue apagando el anhelo de inmortalidad que lo invadió al perecer su amigo.
Escuchó cómo alguien chapoteaba detrás suyo, pues la lluvia había formado grandes charcos en las calles de Uruk y en uno de ellos vio reflejadas las estrellas esparcidas en el manto negro del cielo, y los penetrantes ojos del señor de Irkallu quien tomándolo del hombro le susurró: “Es tiempo de volver al barro”.

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