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Las Armas

Las Armas (2004)


El hotel, muy confortable y serio como todo lo londinense, se ubicaba en pleno centro de la ciudad. En la habitación 54 dos hombres decididos hablaban animadamente. Parecía no afectarles la misión en extremo delicada que iban a realizar.
    • Encontré el pub donde tocaban los Beatles, ‘The Cave’. Ya sé que no te gustan, pero podés acompañarme. No es lejos de acá, apenas unos kilómetros, en Liverpool.
    • No te rendís.
    • No. Y si venís conmigo te van terminar cautivando, toda una generación no puede estar equivocada. Hay una especie de museo incluso.
    • “Cautivando”... – con una mueca que simulaba una sonrisa - personas como nosotros no acostumbran  utilizar palabras como esas.
    • ¿Como nosotros? ¿Acaso hay muchos más?
Los dos hombres rieron hasta saciar sus gargantas. En efecto, no había en toda Gran Bretaña dos hombres parecidos a Jones Connelly y Adam O’brian. Ni siquiera los pocos que estaban arriba de ellos en el I.R.A.; en respuesta a su feroz inteligencia les obsequiaron con una empresa imposible de concretar. Eran peligrosos hasta para su partido, no por lo que pudieran exigir, con justicia, a causa de sus habilidades, sino porque causaban el sentimiento más funesto: miedo. Sus superiores les temían y los dos sabían esto aunque les importara poco y nada. 
    • Voy a salir.
    • ¿Adónde vas?
    • Quiero comprobar dos cosas: el techo y el itinerario del objetivo.
    • No llevés armas, Scotland Yard está enterado de nuestras actividades. En esta época del año no hay gente tan irlandesa como vos caminando por las calles.
    • Ja ja ja. ¿Tan estereotipado soy?
    • Miráte al espejo. Parecés el Yeats del siglo XXI.
    • Sabés, nunca lo leí. Cuando terminemos esto hagamos un intercambio, yo te doy un long play de los Beatles y vos me prestás un libro de Yeats.
    • Mmmm... Está bien. Pero no sé si los voy a escuchar.
    • Yo tampoco dije que lo iba a leer.
O’brian se marchó con una expresión alegre en la cara; reían más de lo que asesinaban. Sólo un poco más.
El pequeño cuarto del hotel se iba llenando los jueves de cada semana con diferentes piezas de armamento, computadoras y demás objetos. Esta precaución fue obra de Connelly que unos años atrás, viviendo en  Londres, intimó con integrantes de la policía inglesa. Estaba un tanto desactualizado, pero los conocimientos adquiridos en ese lapso aún le servían. En la lista que traía en el bolsillo interior de su gabán estaban los nombres de algunos de esos ‘amigos’; Connelly pensó que sería buena idea contactarlos lo antes posible. Seguramente se sorprenderían al oír su voz del otro lado del tubo, sobre todo Robert Carter, aquel buen muchacho del M16 al que le salvó la vida un par de veces. A través del empañado vidrio observó cómo su compañero se mezclaba con los británicos y la ironía de la visión le produjo una sonrisa de asco proveniente del estómago. ¿Alguno de esos transeúntes se encontraría mañana en las inmediaciones del Palacio de Buckingham? ¿Acaso aquella mujer que ahora caminaba al lado de O’brian? ¿O ese yuppie hablando por el teléfono celular? Sí, por más bizarra que se le antojase la escena, su amigo transitaba un sendero de muertos vivientes. Lo vil, pensó, es que ninguno tiene ni siquiera la remota idea de lo que acontecerá mañana; algunos no se darán cuenta, o a lo sumo lo harán cuando tengan que enfrentar el purgatorio; otros recién comprenderán cuando vean alguno de sus miembros diseccionados. La situación imaginada por su mente, que no por eso era irreal, fue dejada de lado al instante por otra que llamó su atención de una manera diferente. Alerta los sentidos, buscó anhelante dos nombres de la lista. Al leer cada palabra se le dibujaba una cara en las retinas; borró las anteúltimas iniciales al recordar que él tuvo que asesinarlo en Edimburgo en el transcurso de una misión y, optimista por no tener que repetir el suceso, dejó la libreta sobre la mesa, pues ninguna de las escritas en ella se asemejaba a los sospechosos hombres que divisó. 

Londres le gustaba, en varios aspectos era parecida a Dublín. Caminó libremente por las calles angostas de piedra, meditando su próximo paso. Desde hacía dos semanas una sensación amarga palpitaba en el torso de O’brian haciéndolo encorvarse cuando el dolor, justo es llamarlo así, se acrecentaba. La mayor de las veces esto sucedía estando con Connelly. Una seguridad, la misma seguridad que lo llevó a ser el mejor, era traicionada por la sagacidad de Jones, aunque sabía que su proceder, por demás cauto, no levantó ninguna sospecha, al menos ninguna visible. Pero con Jones nunca se estaba seguro. Antes de dirigirse al lugar de encuentro, decidió detenerse frente a la vidriera de una librería; al cabo de un rato se fue de ella con un tomo de la poesía completa de Yeats. Era un consuelo estúpido, pero le produjo un leve bienestar. Cuando dobló la esquina de Baker street una serie de preguntas irresolutas lo hizo frenarse otra vez. ¿Qué era lo que le provocaba mayor dolor? ¿El hecho de traicionar a su país, a sus creencias o a su amigo? ‘Un poco de todo’.
La introducción con el Director duró poco menos de cinco minutos, el acto debería cerrarse rápidamente para no otorgarle la mínima perspectiva de escape a Connelly; el más ínfimo error y los cadáveres se acumularían en camiones.
    • Le agradecemos su cooperación. Hablé con el primer ministro y ha decidido levantar los cargos en su contra. Sepa que el esfuerzo de esta relación es equivalente en las dos direcciones. No solemos perdonar a terroristas, mucho menos de la envergadura de usted.
    • Entiendo a la perfección. ¿Tiene el papel firmado?
    • Por supuesto. Al término de la misión usted abordará un avión con destino a los Estados Unidos. Sin embargo temo decirle que la cantidad solicitada por usted de dinero descendió a la mitad.
‘Sin dudas temió hacerme esa confesión. Cerdo inglés, veo cómo te brillan los ojos. Es una lástima que el escritorio te tape las rodillas, me causaría mucha risa verlas temblando’.
    • Excelente. A decir verdad no esperaba que me concedieran todo el dinero como tampoco esperaba que accedieran a darme la mitad. Es mejor de lo que había pensado. ¡Quién lo hubiera dicho! Hasta soy buen negociante.
    • Así parece. Tómelo como un favor de la Corona. ¡Ah!, hay otra cosa que debo decirle. Enviamos dos espías para controlar a su socio.
    • ¿Qué? ¡Pero qué demonios ha hecho estúpido sin cerebro! ¡Rápido, facilíteme un auto! ¡Tengo que volver!
    • No se preocupe, son dos de los mejores.
    • ¡Ni aunque fuera el mismísimo Dios, imbécil! Debo regresar, llame a la morgue mientras tanto, sus hombres deben estar muertos.
Ésta apreciación produjo una turbación visible en el Director. Llamó por teléfono y luego de unos segundos se dirigió a O’brian. 
    • Un auto lo espera en la puerta. Asegúrese de que todo salga bien o no obtendrá nada.
    • Escúcheme bien. Si algo sale mal será por su negligencia. Ahora deme un arma, veré que puedo hacer.

Cuando Connelly volvió a mirar por la ventana la primera impresión fue de un dolor agudo en el pecho. Afuera, vendiendo diarios y tomando un helado, dos agentes del M16 merodeaban el hotel. Una y otra vez caviló la forma por la cual los habían descubierto; de a poco se fue acercando a la verdad, la única verdad. Sin esa verdad, hubiese sido imposible que aquellos hombres estuviesen ahí en ese momento. Dejando de lado la racionalidad acostumbrada, negó con la cabeza y con el corazón la solución que se le presentaba en la mente. Pero no había dudas, sólo quedaba actuar usando el tiempo de la mejor forma, eso era lo único que le quedaba. Y sin embargo...
Comenzó a juntar el equipo con ordenada velocidad; el plan de escape fue cumplido con rigurosidad. Si lo que descubrió era correcto ya no quedaba nada que hacer. La Colt 45 estaba cargada; las dos Braun 9mm descansando en los laterales de su cuerpo. Le quitó las balas a la 45 y la dejó, distraídamente, a su lado, sobre la cama. De espaladas a la puerta de la habitación, terminó de guardar el resto del equipo silbando “Let it be”.
Los pasos en el pasillo le llegaron indecisos a los oídos. Dos golpes secos a intervalos largos, otros dos continuados y O’brian se presentó en la habitación. Su cara no ostentaba expresión alguna.
    • Llegaste.
    • Sí.
    • Nos descubrieron. ¿Llevás arma?
Adam sonrió. La perspicacia de su amigo funcionaba de lleno.
    • Sí.
    • Tomá. Con una no va a alcanzar.
Adam agarró la 45 al vuelo y la sostuvo en la mano.
    • Está liviana. ¿La cargaste con balas huecas?
Jones Connelly sonrió, sin darse vuelta. No quería ver la cara del hombre que ahora lo apuntaba con la otra arma. A O’brian el torso se le contrajo y se arqueó sobre sí mismo.
    • ¿Desde cuándo lo sabés?
    • No sé. Supongo que desde que llegamos a Londres. Te comportaste bastante bien, la confirmación me llegó recién hoy.
    • ¿En serio? Es un halago. La verdad, creí que te ibas a avivar antes.
    • ¿Y ahora?
    • Te levantás despacio con las manos tocándote los omóplatos. No, no te des vuelta.
    • ¿No querés mirarme la cara?
    • Tanto como vos querés mirar la mía. Una cosa, ¿por qué tardaste tanto en prepararte?
    • ¿Qué sentido tenía seguir con esto? ¿Qué sentido tenía seguir con todo?
    • Vamos, no es la primera vez que sucede algo así.
    • Por supuesto que no. No es la primera vez que un cobarde traiciona a su país y a lo que cree.
    • No te olvides de su amigo.
    • Es verdad, también me traicionás a mí; aunque ahora carezca de importancia. Con todo, no te voy a preguntar por qué lo hiciste. No me interesa.
O’brian giró la cabeza para escuchar mejor las pisadas titubeantes.
    • Llegaron.
Carl Anderton y David Rhode entraron con las armas en alto. Dos hombres temibles aguardaban en la habitación y sintieron miedo. Al contemplar de cerca el drama, la resolución se hizo más fuerte que el pánico; Carl se adelantó.
    • ¿Está reducido?
    • Preguntále.
Connelly les obsequió una mirada que disipó las dudas.
- Vamos.

O’ brian no dejó de pensar ni un segundo desde que salieran del hotel. Laceraba su cuerpo el silencio condenatorio de su amigo que miraba la ruta con expresión abatida. Como si compartiera su pesar, la pistola prestada por el Director comenzó a latirle en la cintura. Nunca antes había olvidado un arma mientras la llevaba consigo y adujo el descuido a la situación inusitada en la que se encontraba; a causa de ese olvido general (los agentes se olvidaron de reclamársela) la Mark 23 le apretaba más que un cinturón. Contempló el escenario; detrás de él se ubicaba Carl, seguramente con el gatillo anhelante de retraerse y el caño apoyado en el respaldo de su asiento. David no presentaba un problema inmediato mientras siguiese manejando a esa velocidad. ‘Éste fue el segundo error que cometieron - pensó Adam -, yo tendría que estar tras el volante, inutilizando así mis movimientos. Peor para ellos.’ Deslizó la mano hasta su cintura, como un tigre que se agazapa acechando a su presa. Un dedo se movió y Carl cesó de apuntar. Retirada el arma por completo de su escondite, ahora apuntaba la sien izquierda del conductor.
    • ¡¿Pero qué mierda hace?!
    • Frená el auto en la banquina. Si movés una uña fuera del volante estás muerto.
    • ¿Está loco? Si paro el auto estoy muerto. No te conviene matarme a esta velocidad. No me juzgue idiota amigo.
    • Tenemos un dilema entonces. ¿Qué te parece Jones?
Jones estaba abstraído de todo. Miró a quien fuera su compañero y le ofreció una mueca.
    • Parece que Jones no quiere participar de esto. No importa. En algún momento vas a tener que disminuir la velocidad, por un auto o por falta de gasolina.
El viaje continuó por una hora más sin interrupciones. David sudaba copiosamente y Adam parecía despreocupado, siempre apuntando al conductor. En su mente se agitaban miles de pasos a seguir, rechazándose unos con otros. Como a su amigo en el hotel, sólo uno se le presentó como posible.
    • ¿Y ahora qué vas a hacer David? El auto corre a menos de sesenta kilómetros por hora. ¿Te parece que si te mato en este momento no voy a poder controlarlo?
Como toda respuesta el agente Rhode recibió una bala en la cabeza. Con una velocidad increíble en un reducto tan pequeño, Adam empujó al cadáver fuera del auto y se puso al volante.
    • Ahora yo y vos vamos a conversar.
    • Después de tantos años resultaste ser más impredecible de lo que creí.
    • Ja. Me alegro que todavía te sorprenda. ¿Acá está bien?
    • Sí. Un bello lugar en un hermoso día. Es un digno ambiente para morir.
    • No digas eso.
    • Qué, ¿me vas a decir que no soy el siguiente?
    • ¡Basta! Todavía no sé lo que voy a hacer.
    • Que mentira más patética. No tengo miedo a la muerte, de echo somos amigos desde hace tiempo.
Adam O’brian no había llorado en toda su vida y muy a pesar suyo el llanto acudió a sus ojos. Disimulándolo como mejor pudo, estacionó el auto en un campo verde que en unos metros se convertía en bosque.
    • ¿Nos estará esperando Robin Hood?
Los dos rieron para calmarse un poco. Como nunca, los nervios y la ansiedad se apoderó de ellos. Descendieron, Connelly siempre caminando delante de O’brian. Dentro del bosque y en un claro se detuvieron. Londres estaba nublado y el cielo también. Sin mirar nada, Adam O’brian comenzó a hablar.
    • Pensé que esta misión era imposible. Ya sé que nos las vimos en peores condiciones, pero esta vez fue diferente. Y nos guste o no somos un estorbo. La comunidad no es lo que era. Los jefes están seniles, cobardes y lentos; los nuevos son pendejos drogones que creen que uniéndosenos van a conseguir merca gratis. ¿Quién queda que valga la pena? Apenas vos. Y por más bueno que seas, no alcanza con ser uno solo. Me ofrecieron libertad, Jones. La guita no me importa, sabés de sobra que nunca me importó. Empezar de nuevo, sin odio, sin peligro, sin tener que dormir sin dormir. ¿No te lo imaginás, verdad? Yo tampoco me lo imaginaba, cuando lo hice decidí lo que ves. Qué se yo, tener una familia estable, un laburo común, ir a la playa, sacar a pasear el perro. Pero te veo a vos y la verdad me cae como una montaña en los hombros. Soñaste con esto que te digo, ahora lo sé; y sin embargo tenés todavía la convicción de que podés cambiar algo. Tarde, tarde me di cuenta que nunca cambié, que sigo siendo el mismo de siempre, sigo siendo tu igual. No puedo escapar a eso, no me puedo escapar de mí.
    • Entonces...
    • Entonces sabés qué es lo que sigue. ¿Me perdonás? No te lo pido para sentirme mejor, para lavar mis culpas. Es una petición de un amigo a otro, no quisiera perder el único que tengo.
    • Te perdono. Es una mierda. Todo. Mientras no te salpique te vas a mantener siempre a flote.
    • Mirá.
O’brian fue hasta el baúl del auto donde estaban la 45 que Connelly le tirase y el libro de Yeats. Tomó los dos objetos.
    • Lo compré hoy. Te doy mi palabra de que lo voy a leer.
    • Gracias. Aunque no lo creas, hoy me encontré silbando ‘Let it be’. ¿Existirán las casualidades?
    • No. Existen los amigos, existe esa relación insondable y que no se termina jamás.
La Colt resopló expeliendo la única bala que Adam cargó frente a Jones Connelly.

Epílogo:
Adam O’brian regresó contento a Irlanda, a pesar de que la misión inicial no fue llevada a cabo. Todos sintieron la pérdida de su compañero a manos de los ingleses, pero se conformaron con la noticia de los dos agentes y el Director que murieron a sus manos. Un muerto en combate no es un simple cadáver, es un mártir, un héroe. Connelly lo fue en vida y no dejó de serlo cuando sucumbió. El otro héroe, Adam O’brian, fue condecorado por transportar el cuerpo de su amigo a su tierra y por volar el edificio de Scotland Yard. En su casa de Clonmel, al sur de la isla, un libro de poesía reposa junto a dos pistolas: la Colt 45 y la Mark 23. El libro tiene dos páginas señaladas y varias subrayadas, como un indicio de que fue leído con atención.

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