Los cinco Locos (2002)
Los cinco locos soñaban despiertos. Destapaban botellas amarillas que contenían un líquido espeso y aromático, servían el néctar en copas y lo dejaban reposar durante días. Cuando se evaporaba repetían la operación y así seguían durante días hasta el cuarto mes de cada año en el que utilizaban vasos para su propósito. El mayor de los cinco, el más loco a causa de su mayor experiencia, cocinaba mientras los cuatro restantes ponían la mesa y abrían el techo para que entre la Luna y coma junto a ellos. A las estrellas no las invitaban porque eran muy glotonas y además no ayudaban a levantar los platos.
Los cinco locos soñaban despiertos. Sobre la cama de cada uno había un libro de tapas azules, todos diferentes entre sí, con historias de hadas y duendes, hombres y animales, aguas y fuegos, llanuras y montañas. Antes de irse a dormir cada loco leía una de las historias de su libro a los otros y así seguían hasta que se terminara el último de los cinco relatos. Luego se acostaban y se tapaban hasta la nariz fuera invierno o verano y dormían hasta que el Sol les golpeaba la puerta para anunciarles que la oscuridad se había tornado luz. La Luna no dormía con ellos, pero los cuidaba desde su casa en el cielo.
Los cinco locos soñaban despiertos. No tenían amigos humanos pues éstos los habían rechazado una y otra vez. Sus amigos eran animales salvajes, libros, la tierra y el agua (pero sólo si no estaba muy fría) y la música. Y, por supuesto, eran amigos ente ellos. Quien mejor tocaba los instrumentos era el tercero contando de mayor (edad y locura) a menor, pero el más chico era quien mejor cantaba. Cada mañana después de bañarse, inventaban una melodía para cantarle a su amigo el Sol. La caligrafía de los cinco locos era mala así que el viento les escribía las letras a sus canciones haciendo volar hojas verdes y marrones y posándolas en el suelo.
Los cinco locos soñaban despiertos. Siempre iban descalzos y como la Tierra los quería, con la ayuda de su primo Viento Sur despejaba el suelo por el que caminaban para que no se lastimen. Cuando se bañaban en el Río, el Sol los cuidaba a cambio de un poco de vapor de sus cuerpos, pues le gustaba evaporar el agua para llamar a su novia la Tormenta. El primero además de cocinar secaba a los demás, uno por uno hasta el último que se secaba solo porque le daba vergüenza que lo seque el mayor. Entonces los otros se reían de él porque no entendían nada de vergüenzas y timidez. Hasta que un día un hombre los llamó por sus nombres.
Los cinco locos ya no sueñan. Del menor al mayor los nombró, señalándolos porque ellos no sabían como se llamaban. Les contó de la ciudad y de sus perfectos habitantes, de las grandes casas y el orden que reinaba en ellas. Y así estuvo hablando durante dos días y cuando se quedó sin más palabras exigió una respuesta a su invitación. Sorprendidos los cinco locos le pidieron tiempo y espacio para contestarle y diciendo esto subieron a sus habitaciones para discutir y extraer una conclusión de sus confundidas mentes. Esa noche la Luna no salió, las estrellas brillaron más que nunca y la Tierra se llenó de piedras, porque nunca más las invitarían a comer.
Diciembre 2002
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