Este cuento tiene 20 años. Fue de los primeros que escribí cuando me vine a vivir a La Plata
El Viaje (2000)
Siempre tenía los pies helados cuando se acostaba. No importaban las innumerables frazadas que usara o el acolchado de poliéster o las medias de lana compradas en el norte. Sin embargo no sentía frío, solamente la incomodaba el hecho de que sus pies estuviesen siempre congelados.
Ahora se había puesto el poncho Jujeño sobre las piernas, pero lo arrojó al piso casi enseguida al percibir que no le proveía calor alguno. Y otra vez el recuerdo de su viaje le volvía a la mente. No obstante, recordaba muy poco; tan sólo el calor seco y el viento; y no entendía porqué, ya que lo había disfrutado sobremanera. Quería imaginar el gusto de la comidas que había degustado, las canciones populares, los olores, las personas, pero le costaba mucho y, por otra parte, retenía poco. Pero de lo que no se acordaba en absoluto era del paseo en el tren (¿cómo era su nombre?), lo que era extraño porque sabía que había sido fantástico. Imaginó que sería porque casi no logró realizarlo a causa de lo costoso que era el boleto y lo duro que fue conseguirlo, aunque de todas formas eso no suponía motivo alguno para olvidar aquel paseo. Sumida en sus pensamientos, retumbó un griterío en su cabeza, lo que la hizo sobresaltarse, cayendo al suelo.
Se quedó un rato en el piso alfombrado abrazándose a sí misma, sintió el dolor en su cuerpo; el estallido de la máquina (seguida de los vagones), explotó en su mente y en un acto de reflejo se tocó los brazos, el abdomen, el cuello y, comprobó (sin asombrarse) que todo estaba muy frío. Se incorporó y paseó por la habitación observando todo a su alrededor, luego se asomó por la ventana y observó la calle, los autos, el viento que movía las copas de los árboles, y súbitamente las palabras se le escaparon de algún lugar de su ser.
_ “Se llamaba el tren a las nubes”_ dijo, y se volvió a acostar.
Ahora se había puesto el poncho Jujeño sobre las piernas, pero lo arrojó al piso casi enseguida al percibir que no le proveía calor alguno. Y otra vez el recuerdo de su viaje le volvía a la mente. No obstante, recordaba muy poco; tan sólo el calor seco y el viento; y no entendía porqué, ya que lo había disfrutado sobremanera. Quería imaginar el gusto de la comidas que había degustado, las canciones populares, los olores, las personas, pero le costaba mucho y, por otra parte, retenía poco. Pero de lo que no se acordaba en absoluto era del paseo en el tren (¿cómo era su nombre?), lo que era extraño porque sabía que había sido fantástico. Imaginó que sería porque casi no logró realizarlo a causa de lo costoso que era el boleto y lo duro que fue conseguirlo, aunque de todas formas eso no suponía motivo alguno para olvidar aquel paseo. Sumida en sus pensamientos, retumbó un griterío en su cabeza, lo que la hizo sobresaltarse, cayendo al suelo.
Se quedó un rato en el piso alfombrado abrazándose a sí misma, sintió el dolor en su cuerpo; el estallido de la máquina (seguida de los vagones), explotó en su mente y en un acto de reflejo se tocó los brazos, el abdomen, el cuello y, comprobó (sin asombrarse) que todo estaba muy frío. Se incorporó y paseó por la habitación observando todo a su alrededor, luego se asomó por la ventana y observó la calle, los autos, el viento que movía las copas de los árboles, y súbitamente las palabras se le escaparon de algún lugar de su ser.
_ “Se llamaba el tren a las nubes”_ dijo, y se volvió a acostar.
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