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Volverte a ver

Volverte a ver (2003)


Ese día la tormenta explotaba y regalaba refulgentes relámpagos y sonoros truenos. Un día como todos, como los que pasan, como estos días que caen como la lluvia vista desde la ventana del balcón, que desciende furiosa y negra (porque es negra la noche) y cubre con su túnica líquida las impurezas de la jornada seca. La lluvia y la música se entrelazan armoniosas y amantes, juegan con el espacio, turban a quien las escucha; ese día las dos se encadenaban y un eslabón era igual al que se mezclaba con el siguiente al que lo seguía, lluvia y música, ausencia y recuerdo. Una lámpara ilumina la pieza, un relámpago se encarga de encender el oscuro (de nubes grises y luces huidizas) exterior. El hombre sentado en confortable sillón escribe sus odas al viento, el frenético lápiz dibuja las letras que le cantan al soplo divino; la cadena (lluvia y música, ausencia y recuerdo) lo inspira, lo eleva, acepta y asimila cada momento y por más que quiere no puede dejar de ser él; si pudiera separarse de sí y ser otro eslabón; si pudiera no sentir la ausencia u olvidar el recuerdo, desoír la música y la lluvia que articulan su trenza dentro y fuera.
Si así como está seco, a pesar de la iracunda lluvia; si así como la música vuela libre por la habitación y él aún indiferente a su encanto, pudiera salir de sí y olvidar y no enmarañarse con la cadena (ausencia y recuerdo), acaso no sería más hombre, no vería otra lluvia, no escucharía otra música. Piensa que la música y la lluvia fueron creadas para determinados momentos, intenta comprender el recuerdo de una ausencia, se pregunta por qué le escribe al viento, narración llena de simbolismos con lo que siente en ese instante. Y no podría estar  escribiendo de mañana o de tarde, la noche es quien acerca la soledad, la musa más angustiosa de todas, que le trae recuerdos de recuerdos y ausencia.
Ahora retira el papel pero no alza la vista, no quiere observar esa habitación de confortable sillón y fastuoso escritorio. Ese día la tormenta no tramaba aminorar y la música interminable lo engarzaba en la cadena cada vez más compleja, el hombre cavilaba su siguiente acción sin alzar la vista y una ráfaga repentina le roba las hojas de la mano y las posa debajo de la puerta que suena dos veces resultante de dos dulces (a sus oídos) golpeteos.
Las odas yacen en el piso, menos una que todavía revolotea como una mariposa que no se resigna a morir en un día, una noche de lluvia y música, de recuerdos y ausencias, de dulces llamados en la puerta que no esperaba a nadie, de visitas imprevistas. El día había transcurrido como todos, como estos, como los que pasaron. El hombre no se atrevía a levantar la vista y caminar los atormentados pasos desde su confortable sillón hasta la impertinente puerta que vuelve a dejarse golpear suavemente.
La oda termina por ligarse con las restantes desparramadas en el viejo parqué y su caída absoluta es acompañada por el primer paso del hombre que decidió, hipnotizado ya por la cadena (de llovizna, de último movimiento de “Dier vier Jahreszeiten”, de expectación y anhelo), levantarse y atender el tibio toque. Sutilmente la cadena comienza a desgajarse, primero se aleja la conmovedora lluvia, despejada por una insolente Luna acompañada de sembradas estrellas; luego es la música quien acaba su hechizo y por último es la ansiada mujer detrás de la puerta, que con un simple beso desgrana la ausencia y convierte los recuerdos en momentos a vivir.     

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