Un cuento que escribí en clase en el año 2008 probablemente (no recuerdo qué materia de Periodismo), sobre un nene en la Inglaterra de la Revolución Industrial.
Watford huele mal. Incluso en esta época del año, tan buscada por los novios y rechazada por los alérgicos. Aquí las rosas hieden a azufre y el hollín cubre los claveles; la gente llora poco pero sus ojos lucen irritados todo el tiempo.
Hoy es 19 de mayo y es mi cumpleaños número once. La marmita calienta agua turbia para mi aseo personal y mientras observo las volutas de vapor elevándose hacia el techo de chapas, busco en un cajón una hogaza de pan de hace dos días.
Casi a punto del hervor, a juzgar por el silbido agudo e intermitente, retiro la marmita del fuego y separo un poco del líquido en un tazón: servirá para ablandar un poco mi torta para el festejo.
La primavera no trajo consigo el calor, y tirito al quitarme la manta de los hombros dispuesto a darme un baño. Es que es mi cumpleaños, y por lo tanto he decidido tomarme ciertas libertades en cuanto al racionamiento -no dispuesto por mí- del agua y la comida. Sólo lamento haber tenido que despertarme más temprano de lo habitual; aunque pensándolo bien eso me deja más tiempo para caminar por el pueblo. ¿Es que no les dije? No vivo estrictamente en Watford, mi casa se encuentra en las porquerizas, en las afueras de la campiña.
¿Que por qué las llamo así? ¿Es que nunca han estado en una parcela de puercos? Bueno, la verdad es que yo tampoco, pero los más grandes dicen que aquí huele como los cerdos.
Pues sí, mas luego te acostumbras. No hace dos años que estoy en este lugar y ya no recuerdo la primera vez que puse un pie en él. Supongo que eso es 'hacerte viejo'. Ey, ¡ya tengo once años!
Louis dice que él se hizo viejo a los nueve, cuando su hermano cayó en uno de los hornos de fundición. Una vez me contó que al intentar recordarlo no consigue hacerlo, que este lugar te obliga a olvidar que somos niños.
A veces me despierto llorando, sobre todo cuando sueño cosas felices. ¿A qué es raro, eh?
Las cosas tristes me dan rabia y la felicidad me produce el llanto. Billy dice que dejó de llorar a los once, así que más me vale ponerme duro. Aunque ciertas noches escucho su respiración agitada y lo veo llevarse las manos al rostro.
Acabo de darme cuenta de que con tantos recuerdos se hizo tarde para ir a caminar y tenemos trabajo. Tendré que esconder mi torta de nuevo; sólo espero encontrarla a mi regreso.
Al salir me topo con Billy. ¡Qué viejo se ve! Ya tiene quince años y es uno de los mayores.
-¡Feliz cumpleaños puerco!- me grita. -Gracias Bill.
Suena la bocina llamándonos y dejamos Las Porquerizas para entrar en la fábrica.
Hoy es 19 de mayo y es mi cumpleaños número once. La marmita calienta agua turbia para mi aseo personal y mientras observo las volutas de vapor elevándose hacia el techo de chapas, busco en un cajón una hogaza de pan de hace dos días.
Casi a punto del hervor, a juzgar por el silbido agudo e intermitente, retiro la marmita del fuego y separo un poco del líquido en un tazón: servirá para ablandar un poco mi torta para el festejo.
La primavera no trajo consigo el calor, y tirito al quitarme la manta de los hombros dispuesto a darme un baño. Es que es mi cumpleaños, y por lo tanto he decidido tomarme ciertas libertades en cuanto al racionamiento -no dispuesto por mí- del agua y la comida. Sólo lamento haber tenido que despertarme más temprano de lo habitual; aunque pensándolo bien eso me deja más tiempo para caminar por el pueblo. ¿Es que no les dije? No vivo estrictamente en Watford, mi casa se encuentra en las porquerizas, en las afueras de la campiña.
¿Que por qué las llamo así? ¿Es que nunca han estado en una parcela de puercos? Bueno, la verdad es que yo tampoco, pero los más grandes dicen que aquí huele como los cerdos.
Pues sí, mas luego te acostumbras. No hace dos años que estoy en este lugar y ya no recuerdo la primera vez que puse un pie en él. Supongo que eso es 'hacerte viejo'. Ey, ¡ya tengo once años!
Louis dice que él se hizo viejo a los nueve, cuando su hermano cayó en uno de los hornos de fundición. Una vez me contó que al intentar recordarlo no consigue hacerlo, que este lugar te obliga a olvidar que somos niños.
A veces me despierto llorando, sobre todo cuando sueño cosas felices. ¿A qué es raro, eh?
Las cosas tristes me dan rabia y la felicidad me produce el llanto. Billy dice que dejó de llorar a los once, así que más me vale ponerme duro. Aunque ciertas noches escucho su respiración agitada y lo veo llevarse las manos al rostro.
Acabo de darme cuenta de que con tantos recuerdos se hizo tarde para ir a caminar y tenemos trabajo. Tendré que esconder mi torta de nuevo; sólo espero encontrarla a mi regreso.
Al salir me topo con Billy. ¡Qué viejo se ve! Ya tiene quince años y es uno de los mayores.
-¡Feliz cumpleaños puerco!- me grita. -Gracias Bill.
Suena la bocina llamándonos y dejamos Las Porquerizas para entrar en la fábrica.
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