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La Pared Blanca

La Pared Blanca (2004)


El comisario Bretch estaba lo que podría definirse como feliz. La noche anterior había recibido un “embarque” -como gustaba de llamarlo- de quince personas; casi enseguida dispuso el reparto y la distribución de la “mercadería” en sus respectivas celdas. 
Por la mañana le informaron de la reparación de la pared. “Quedó lista”, le dijo el oficial que en ese momento oficiaba como albañil de la dependencia. El comisario no era un tipo frenético, aunque sí un poco ansioso, muy autodidacta, autoritario y con gran voz de mando. Cuando le comunicaron que se había terminado de pintar la pared, sin preguntar detalles se apuró a verla. 
Llegó hacia ella y se admiró del blanco inmaculado que él mismo había escogido una semana antes, acaso imaginando el uso que le estaba deparado. Se paró de espaldas al muro y observó el punto en el cual estaría, junto a otros, dentro de unos días. Una sonrisa morbosa se le dibujó en el rostro. 

Alberto Román ya no temía por su vida ni manifestaba desesperación. Había adquirido el sentimiento monótono que sobreviene al aceptar un destino cuando ya no es posible elegirlo. Sabía algunas cosas, contadas por un guardiacárcel -un muchacho de unos 23 años- que tal vez cargaba culpa y un poco de lástima por las personas que custodiaba. Por lo menos el joven lo dejaba comunicarse con Graciela Álvarez, profesora de Sociología en la Universidad Nacional de La Plata; así nació entre la mujer y el hombre guardados con un fin, una amistad que se transformó de forma gradual y simple en un poco más. Ambos temían ese vínculo y lo encontraban extraño. La manera en que se habían conocido, el hecho de estar separados por tabique, sus ideas. Esa relación, empero, los mantenía cuerdos. 
Alberto era ingeniero civil, pero nunca llegó a ejercer su profesión, pues manejaba la ferretería que le heredó su padre. En esas jornadas lóbregas de encierro había envejecido. Era notable en su faz y sus ojos mostraban un cansancio y una resignación de millones de años, pesaba siete kilos menos y su cuerpo, ostensiblemente mutilado, ya no era el de un jugador de rugby, el deporte que practicó durante ocho años. No obstante, desde que estaba allí su carácter no había cambiado. Siempre fue tranquilo, observador y activo; estas cualidades sin dudas le ayudaron a ganarse el puesto de medio scrum en su equipo. 
A pesar del tiempo que transcurrido desde que había sido puesto en reclusión, Alberto no tenía un conocimiento cabal de la razón por la cual lo tenían en ese lugar. Imaginó, porque no era necio, que en parte se debía a sus ideales cercanos al socialismo, aunque para nada revolucionarios. En realidad la política no le importaba demasiado, creía que el cambio debía nacer desde todos los habitantes del país, con ayudas y capacitación a los que lo necesitaran. 
Los domingos les contaba cuentos a unos chicos en Villa Elisa, con un palo adornado comenzaba el relato y en cierto momento le cedía el cetro a un niño para que siguiese la historia. Era poco, pero los chicos del barrio aguardaban ansiosos las tardes de cada mes en las que Alberto iba a relatarles las leyendas de héroes conocidos e inventados. Esa jornada, mientras observaba el blanco que abandonaba la brocha para adherirse al ladrillo, el joven recordó a esos niños como nunca desde que llegó a ese lugar. 

_ López. ¡Eh, López! ¿No me oye carajo? Déjese de boludear y tráigame al ingeniero. Qué lo parió con estos pendejos. Habría que cagarlos bien a palos para que presten más atención, el país se hunde y ellos piensan en coger y en mamarse cuando salen. 
Al comisario Bretch le gustaba hablar con Alberto Román, era el único que no temblaba ni lo puteaba, simplemente lo escuchaba sin expresión alguna en la cara. Cuando el policía terminaba su monólogo, el preso le hacía la pregunta habitual: “¿Por qué estoy acá?”
_ Señor, aquí le traigo al ingeniero. 
_ Dejános solos. Y la próxima vez me escuchás a la primera o te rompo la trucha. 
_ Sí. señor.
La puerta de madera se cerró y Alberto vio la sombra del agente a través del vidrio esmerilado. Tenía frío y hambre.
_ ¿Cómo le va Román? ¿Durmió bien? No, es obvio que no, esas ojeras no son de coger, ¿eh?. Igual, no tiene importancia, yo tampoco duermo muy bien. Sacando lo necesario que es el sueño para el cuerpo, es una pérdida de tiempo. ¿No le parece? Ja. Usted siempre me mira con esa cara. 
Los ojos vacíos del joven no decían nada. 
_Me dicen que se lleva bien con la profesora, eh, -Bretch revolvió algunos papeles que había sobre su escritorio-, Álvarez. Graciela, sí. Está buena, aunque supongo que no lo sabe porque nunca la vio. Morocha, con tetas grandes y un culazo de los que sirven para pasar el invierno. Ja ja ja, le hice cambiar la cara, ¿eh? ¿Cuántos años tiene usted?
_ 28. 
_ Mmm. Parece que le gustan más crecidas. Ésta de seguro le enseña a coger, tiene una pinta de atorranta que mamma mía. Sí... diga que soy casado, que si no. Acompáñeme que le quiero mostrar algo. 
Bretch solía cambiar de tema con una rapidez sorprendente, hilaba una conversación sobre mujeres con cuestiones políticas y de ahí podía pasar a hablar del desayuno en la misma oración. 
_Vamos arriba-, le dijo al “ingeniero” mientras lo ayudaba a incorporarse de su silla. Pocas veces en su vida Alberto Román tuvo tantos sentimientos desiguales y variados como en ese momento; la incertidumbre y las ganas de golpear al comisario eran los más sobresalientes. Salieron por un pasillo provisto de varias puertas a los dos lados, éstas daban a pequeñas oficinas donde se manejaba el papeleo y a veces se interrogaba a los reclusos. El corredor terminaba en un portón verde que daba al exterior, un patio amplio dividido en sectores funcionales como los blancos para practicar tiro, el circuito de ejercicios para mantenerse en forma. A la izquierda se alzaba la pared blanca, rodeada por un círculo de tierra. El pasto no crecía en esa sección del fondo porque los pies que lo pisaban eran muchos. Hacia ese lugar se dirigían el comisario y el ingeniero cuando el primero reinició el diálogo.  
_ ¿Qué le parece? La refaccionaron hoy. La pintura está un poco fresca todavía. Tóquela.
Con paso dubitativo, Román se acercó a la pared y le pasó el dedo índice. Efectivamente, la pintura estaba fresca y su huella quedó marcada, invisible, sobre el mural.
_ ¿Para qué me trae a mirar esto? Es una pared blanca, ¿y qué?
_ A veces no sé si hace el boludo o es ingenuo. Lo que sea, ya va saber por qué lo traje. Mírela bien.
_ ¿Qué hice para estar acá? No milito en ningún partido político, no soy “subversivo”.
_ No pronuncie esa palabra delante de mí si no quiere que lo apriete las bolas con una llave inglesa. ¿Sabe cuántas veces tuve que escuchar lo mismo? Si a cada hijo de puta que me dice eso le creo, esto se viene abajo. 
_ ¿Y por qué me robaron lo que tenía en casa?
_ Nadie le robó nada. Le retenemos sus cosas para investigarlas. Son pruebas.
_ ¿El televisor? ¿Prueba de qué? ¿Mi familia sabe dónde estoy?
El comisario comenzó a agitarse. Quien solía llevar los interrogatorios era él y no le gustaba responder tantas preguntas, menos a un chupado. Cerró los puños y alejó de su cabeza la idea de pegarle a Román. Miró fijo la pared. 
_ El color blanco es el color de la paz. La ventana de mi despacho da justo a esta pared, a veces para tranquilizarme me pongo a mirarla. ¿Cuánto hace que trabaja en esa ferretería?
_ Diez años. Esto es absurdo, ni siquiera sé para qué le contesto. ¿Puedo llamar a mi familia?
_ No se preocupe, ellos fueron informados de su situación. Y es mejor que me conteste lo que le pregunto ahora, imagino que interrogatorios como el de anteayer no le gustan demasiado. ¡López!
_ ¡Señor! 
_ Póngalo de vuelta en su habitación. ¿Como un cinco estrellas, eh?
El cabo López tomó del brazo al ingeniero y lo condujo de vuelta hacia el portón verde. Mientras caminaban por el pasillo, Bretch gritó:
_ ¡El verde es el color de la esperanza! Acá todo representa algo. Quién sabe, en una de esas...
Nadie le respondió. Por primera vez en su vida Román tuvo un miedo feroz y a poco estuvo de caer de rodillas en medio de la galería. Esa noche no pudo dormir, sintió el frío más que otras veces y se revolvió en su camastro, acosado por la bruma mental causada por el dolor de no saber. Graciela lo llamó como en tantas otras veladas y en esta ocasión él no pudo contestarle. 
Sólo una vez más en su vida se sentiría tan sólo. 
La mañana no desprendió nada nuevo. Alberto, todavía con el sentido embotado por la falta de sueño, se propuso hablar con su compañera y contarle lo sucedido. Su cabeza era un torbellino de pensamientos ocres.
_ Está loco. Como todos los que están acá. ¡Me habló de los colores! ¡Por favor! Pero hay que aceptar que los tipos la tienen clara, si se aburren de torturarte físicamente se te meten en la cabeza. ¿Me escuchás Gra? ¿Estás llorando? No te preocupés por mi, no me van a volver loco. ¿Qué te pasa?
_ Alberto... me quiero morir. No aguanto más, a la noche intenté matarme y ni siquiera pude, no tenía con qué hacerlo.
_ ¡No! ¡Si te matás ganan ellos! Hay que resistir, dijeron que mañana cambian las cosas. Tranquilizáte que queda un día nada más.
_ No, yo ya no puedo más. 
_ ¿Pero por qué? ¿Te hicieron algo? ¿Te habló el hijo de puta de Bretch? Yo estuve despierto, no pegué un ojo y no escuché nada. No le prestés atención a lo que te dice, intenta enfermarnos.
_ Me levantaron y me llevaron a su oficina. Me habló de vos, dijo que estuvieron hablando de mí. Alberto...
_ ¿Sí?
_ Me violó.
El ingeniero quiso gritar, mas aún en ese momento se obligó a controlar su ira para vencerlos en algo. Calló. Sabía que el guardia le contaría al comisario lo que había hablado con Graciela, y que éste iba a estar más interesado en la reacción posterior. Batalló por varios minutos contra todo su cuerpo que lo impulsaba a romper el calabozo. Mantuvo la calma y respiró hondo, sin pausa, y terminó por derrumbarse sobre el cemento. En silencio y cuidándose de no hacer ruido, lloró y se mordió los puños, los brazos, el harapo que era su buzo. A pesar de todo su victoria era dudosa. Y no supo que su mutismo fue fatal para la profesora; él siempre la alentaba en los peores momentos y éste era el peor de todos. Ella necesitaba que le dijera alguna cosa. Alberto Román no pudo, sólo atinó a llorar.

El comisario, todavía en la seccional, recordó lo que había ocurrido unas horas atrás. No era la primera ni sería la última vez. Sin embargo, no se atrevió a llamar al ingeniero. Lo envolvía un recelo cargado de vergüenza, un terror inexplicable. Creía que la disímil situación en la que se encontraban ambos no debía hacerlo sentir de esa forma. “Entonces, ¿por qué este miedo?”, se dijo. Como toda respuesta, levantó el tubo del teléfono y discó un número conocido. Lo reconfortaba saber que al día siguiente cambiarían algunas cosas y este pesar sería sólo un mal rato en su memoria.
_ Buenas tardes, quisiera hablar con el Padre Muñiz. Ricardo Bretch. Muchas gracias.
La charla duró unos 30 minutos. Se llevaba bien con el obispo Muñiz; le regalaba electrodomésticos o parte del dinero que sacaban de los allanamientos, a modo de caridad. Los viernes se juntaban en la parroquia a beber Coñac y jugar al truco. Juntos eran invencibles. El padre nunca preguntó el origen de los donativos, lo importante era recibir cada semana alguna atención para sus fieles. Antes de colgar, le comentó que iría con gusto a bendecir a los ‘anti-patria’, después de todo merecían el perdón de Dios. 

Esa misma noche separaron a los detenidos por sexo y “situación”. A los que estaban “más comprometidos” los encerraron en una de las oficinas del pasillo que llevaba al patio. Entre ellos se encontraban dos estudiantes de la Facultad de Letras y Filosofía, ambos de 18 años, y el ingeniero Alberto Román. Uno de los estudiantes era de Jujuy, su padre trabajaba en el ingenio Ledesma y quería que su hijo fuera escritor. El muchacho había llegado a La Plata ese año y para hacerse amigos militó un tiempo en un partido de izquierda. 
El obispo Muñiz les recibió con unas candorosas palabras.
_ Hijos, aléjense de esta senda que los lleva de forma irremediable al pecado, y con él, al Mal. Dios los perdonará sí…  
El padre hablaba, nadie respondía. Los esposados lo observaron perplejos, sin discernir por completo qué hacía allí, ni por qué permitía semejante locura. Román no tenía dudas de que el párroco sabía algo de lo que ocurría en esa seccional. El religioso nunca se pronunciaba más allá del salmo seleccionado para cada visita. Bajo una luna pálida, se limitó aprestó a cumplir su función de oyente para las confesiones. Esa noche no oyó una palabra. 
Alberto durmió esa vez, acaso imaginando lo que sucedería por la mañana. El hermetismo en las bocas de los detenidos le dio un poco paz. Paz, como la que irradiaba la pared blanca que esperaba anhelante detrás del portón verde. El sueño fue pesado y se sintió tan solitario como en la jornada anterior.

El despertar fue brusco. A las ocho de la mañana los arriaron hasta el patio. El comisario Bretch miró fijo a los prisioneros, menos a uno. El ingeniero lo siguió con sus ojos cargados de desprecio; el hombre de uniforme no acusó recibo. 
Bajo una luz mortecina de invierno, pararon a cinco hombres y a una mujer de espaldas a la pared, pintada tres días atrás. Entre ellos estaban Alberto Román, un joven recibido de ingeniero que trabajaba en una ferretería, y dos estudiantes de Letras, uno de ellos oriundo de Jujuy. Ricardo Bretch, cabizbajo, caminaba con las manos cruzadas en la espalda, hundido en sus pensamientos. La voz de un oficial lo devolvió a ese momento definitivo:
_ Señor. 
El comisario respondió a la llamada con una mirada despectiva.
_ ¿Se hace o no se hace?
_ Se hace-. Ordenó. Y, acercándose a su subordinado para evitar que lo oyeran los otros, le susurró al oído: “Primero al ingeniero”.
Incluso en ese instante, Román buscó, en vano, cruzar con su mirada al comisario. Apenas le vio un costado del rostro. La expresión de su cara, ebria de cobardía y manchada por el sudor, fue poco consuelo para el joven que comprendió el fin tal vez demasiado tarde.
Un estruendo seguido por una ráfaga de plomo y el muro abandonó su blanco inmaculado. El miedo de Bretch desapareció como si nunca hubiese estado allí. 
El día siguiente era domingo; a las cuatro de la tarde los chicos de Villa Elisa se reunieron en el comedor a esperar al “profe” que contaba y escuchaba cuentos. Muchos ya habían preparado su relato, algunos padres quisieron participar y llevaron los suyos por escrito. La persona que aguardaban con anhelo no apareció, tampoco la otra semana el otro, ni la otro. Gradualmente los niños se fueron olvidando de él, mas en la pared escarlata todavía queda un rastro de su última historia.

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