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El primer hombre

El primer hombre (2003)

                                                                   “Yo estaba limpiando la pieza, al dar la vuelta, me acerqué 
al diván y no podía acordarme si lo había limpiado o no.
Como esos movimientos son habituales e inconscientes no
podía acordarme y tenía la impresión de que ya era imposible 
hacerlo. Por lo tanto, si he limpiado y me he olvidado, es decir,
si he actuado inconscientemente, es exactamente como si no lo
hubiese hecho. Si alguien consciente me hubiera visto, se podría
restituir el gesto. Pero si nadie lo ha visto o si lo ha visto 
inconscientemente, si toda la vida compleja de tanta gente se
desarrolla inconscientemente, es como si esta vida no hubiese 
existido”. Nota del diario de L. Tolstoi del 28/02/1897 


El hombre estaba en la isla desde hacía años, con el mar y la arena como único auditorio corriente e infatigable; el Sol y la Luna se marchaban de su lado cuando sus artes concluían y el rencor que les sentía sólo se apagaba en los días cálidos de primavera o en las noches oscuras desprovistas de estrellas.
Ya no recordaba su origen, por decisión propia o pura casualidad lo había relegado y procuraba hacerse de otro en cada momento de las sucesivas jornadas. Pensaba en voz alta, para que se escuche: ‘Si la realidad es la idea, la concepción que tengo (me hago) de diversos sucesos en mi mente, aquello que olvide por completo no habrá ocurrido.’ Dispuso, entonces, hacer diferentes pruebas para constatar su método. Primero llevaba a cabo alguna acción, generalmente ínfima, más tarde borraba todo rastro real material, visible, todo lo que pudiera reflejar que esa acción había ocurrido, luego se preparaba para olvidar. El estar solo en la isla le daba un plus esencial, pues sin testigos humanos que presenciaran el hecho, la responsabilidad de deshacer los recuerdos se acaparaba en su persona. Era él el único que podía decir (que podía decirse a sí mismo) si tal o cual suceso era real o si lo fue en algún momento, por lo tanto si lo olvidaba absolutamente nadie iría a recordárselo. Su plan carecía fallas, a no ser por ese saberse humano que algunas veces lo desalentaba.
¿Pero negar un acontecimiento existente o que existió no era mentirse? No pretendía engañarse: estaba solo; sin sociedad que lo recriminase, sin cultura hereditaria que le aplique normas o castigos, sin definición ‘civilizada’ de malo o bueno, lindo o feo, mentira o verdad. Las reglas eran escritas por él en hojas de palmeras y si alguna lo trababa en su accionar o iba en contra de sus inmediatos designios, meramente creaba otra que se acomodase a sus necesidades siempre próximas. Así, uno tras otro fue suprimiendo de su mente cada día transcurrido a partir del instante en que la audaz idea floreció en su cabeza e incluso anteriores. Como consecuencia de esto terminó siendo lo imposible: un hombre sin historia, sin vivencias, mas no por su incondicional soledad, sino porque nada, excepto lo inmediato, el futuro próximo, existía en su vida. Con todo, cada día se preguntaba quién era, qué era esa isla, qué hacía él ahí, cómo sabía escribir, cómo sabía hablar, porqué; siempre era un hombre del momento, su vida era un continuo despertar en el mundo, al que sobrevendría uno nuevo y un tercero, un cuarto, un despertar en continua vigilia, pues también resolvió no dormir, al menos hasta poder controlar su capacidad de soñar: los sueños le traían recuerdos. Y cada vez que leía sus leyes, las acataba sin más, asumiendo que un Dios, en el cual no creía, se las había dictado o las había escrito por su mano. Y su choza de residuos naturales, ¿qué ser la levantó para él? ¿para él?
Al año de permanecer en dicha situación, comenzó a preguntarse más y más cosas. Qué era, porqué era, la isla, el mar, el cielo, las nubes, la lluvia, el sol, la luna, la arena, las palmeras, el hambre, el sueño, el dolor, los peces, el fuego, el amor, la incomprensible necesidad de necesitar un semejante a su lado. Sus dudas usuales se marcaban con ímpetu a causa de otras nuevas: los sentimientos. Anotaba cada cuestionamiento y lo guardaba en una caja, esto lo hacía como una acción mecánica, como algo establecido en su origen; las repuestas las iba escribiendo en la arena para que cada vez que la marea subía se las llevase depositándolas en el fondo del mar. No obstante su amada (¿sabía qué era el amor?) soledad, le urgía un receptor.
Producto del delirio y de su creciente e imperiosa exigencia de algún otro como él (¿consecuencia el primero de este último?), comenzó a creer en ese Dios que le procuraba techo y formas de expresar su realidad, respuestas y la isla, el mar y su propia persona. Propuso colocarlo en el mar como posible destinatario de sus pensamientos y también determinó que existiría más allá de lo que ocurriese en su amnésica mente. 
Para hablar con el Dios bastaba escribir en la arena y que una ola, inequívocamente enviada por Él, recogiera las palabras; el Dios respondía con actos naturales que el hombre interpretaba a su gusto, por lo cual el intercambio entre ambos era constante. Paulatinamente y por diversas causas, el hombre comenzó a desterrar los sentimientos que le entorpecían su labor, dejando paso a una sensibilidad puramente analítica. Sin dudas este cambio obligaba al hombre a replantearse su innata idea de un Dios, por lo que descreyó otra vez de él y se colocó a sí mismo como creador y amo de todo lo circundante a su isla y de ella. Ya no escribió en la arena, su mente analítica procesaba cualquier información sobre su vida y el hombre dejó de olvidar, porque su memoria era necesaria para llevar a cabo la ardua empresa de inventar un inicio del mundo que le perteneciera.  Llegó a un momento de sus cavilaciones en que el espacio físico de la isla no le bastaba y empezó a idear una forma de salir de ella y redescubrir toda su obra; sin dudas más lugares esperaban pasando la línea en la que el mar y el cielo, reflejo burdo de aquél, se unían para formar el misterio que le traía mayores problemas: qué viene después.
Con penoso trabajo, mas nunca dándose por vencido, pues era El Creador, logró construir un incierto bote para la travesía. Eligiendo el día más claro para zarpar y luego de acariciar cada producción suya, se largó al océano como un arquitecto que recorre los pasillos de la casa que plasmó primero en papel y que edificó con materiales posteriormente.
Sin embargo, nada sabía de todo lo que ocurre en el mar cuando una tormenta feroz lo azota y cómo aquél, asediado y ofuscado por ésta, le responde con enormes olas y fatales remolinos; no tuvo en cuenta que nada sabe el grave océano de dioses o creadores. Así, la noche tercera siguiente a la salida, las aguas comenzaron a agitarse incitando a su homónimo de arriba a convulsionarse también, y atacaron la precaria embarcación del hombre que supuso una rebelión de sus creaciones a causa de alguna falta suya, e implorándoles se detengan, se arrojó a las fauces expectantes del ampuloso e iracundo mar, ofreciéndose en visible sacrificio. Caso omiso hizo éste de su petición y lo devoró como un lobo a un joven cordero.
Antes de sucumbir ante el poderío despótico de las aguas, el hombre recordó y amparó su humanidad, su frágil existencia y su dependencia para con el universo y sus elementos, por lo tanto del respeto que éstos merecen. Y blasfemó contra su Dios que nada hizo por ayudarlo viviendo éste en el fondo del mar, aunque imaginó que si tal existiera nada podría haber hecho contra el belicoso embate de las aguas. Comprendió, también, que él en sí mismo era un Dios, su propio dios, que cada objeto presente en el mundo poseía la misma propiedad y que la función primordial de todas las cosas era el armonizar entre ellas. El hombre había vislumbrado la explicación que tantos sufrimientos le hizo padecer: qué viene después. Se dijo, a modo de respuesta: ‘Todo’. Incluso su propio sentir, todo lo que lo hacía humano era un después de. Halló el secreto más íntimo y oculto de todos los que alguna vez se le cruzaron en su enredado pensamiento: se descubrió tal como era.
Con el nuevo día la tormenta cesó su cólera y el hombre, aún con vida, fue precipitado en la isla. De nuevo un despertar, pero esta vez diferente a todos los anteriores. Mientras se arrastraba hacia su choza de residuos naturales, estableció nunca olvidarse de su condición ni la de la arena, el Sol, la Luna. Nada pensó respecto al Dios con el que alguna vez tuvo afanosa e inmediata comunicación.
Murió producto de la esforzada batalla que sostuvo con los elementos, pero mientras permaneció vivo, rescribió todas sus anteriores concepciones y las guardó, respuestas y preguntas, para el próximo hombre, ya que sin dudas vendrían otros.

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