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El Presidente, los bandidos y la noche

El Presidente, los bandidos y la noche (2018)


La tarde, con el frío de junio golpeando las ventanas y colándose con impertinencia, se desvaneció detrás de las cortinas del despacho presidencial con la rapidez del invierno. La noche cayó como una oscura capa sobre las calles de Buenos Aires, donde aún se veía cierta actividad.
Empero, dentro el tiempo transcurría de forma distinta, alterado por la mente de un hombre que firmaba actas y redactaba algunas órdenes para el día siguiente, haciendo caso omiso a lo que sabía que iría a ocurrir.
No lo había imaginado aquel 12 de octubre, con otro clima distinto en la asunción. Tampoco tomó tan en serio el apremio de su hija, de carácter volátil y encendido, cuando señaló oportunamente las primeras señales que apuntaban a su rival y correligionario.
Mientras pasaba los papeles con parsimoniosa lentitud, se reprochaba -sin arrepentirse de ellas- algunas decisiones que habían apresurado el irreversible final.
Para relajarse observó sus manos de médico, que con la misma delicadeza que habrían tratado a un paciente, trasladaba hojas de una pila a la otra.
Recorrió con la vista las palmas y los dedos, deteniéndose en las pulcras uñas. “Más tiempo”, se dijo, como implorando a alguien que aún no estaba allí.
De tanto en tanto -no llevaba la cuenta exacta de los minutos- el granadero pasaba a verlo, disimuladamente, como esperando algún comando que jamás llegaría. “Buen hombre, acaso demasiado honesto para lo que nos espera en las próximas horas”, reflexionó el mandatario.
El reloj dio las doce, y el presidente se quedó pensando nuevamente en lo inalterable y ahora ridículo de la situación. ¿Qué mandatario permanecía hasta tan altas horas de la noche en su oficina? Solo aquél que aguardaba algo.
Guiado por el hilo que se extendía de sus elucubraciones, volvió a octubre, ahora cada vez más lejano en su memoria. Rememoró haber sido electo por el voto de una minoría que se había acercado a las instituciones a emitir el sufragio más por costumbre y deseo de la acción, lo cual lo colocaba en un lugar extraño frente a la sociedad, de "debilidad política", según le expresaron en su entorno. 
Cansado y con algún dolor lumbar, Illia se permitió relajar el cuerpo algunos minutos en el sillón, estirando de a poco las piernas. Miró la puerta, cerrada tras la partida de Ricchieri, y se paró con la intención de caminar un poco alrededor del escritorio para despertarse.
Antes de dar el primer paso, algo llamó su atención hacia la ventana.
Las pocas nubes permitían que la luna iluminase el patio de la Casa Rosada, y a través del vidrio pudo ver cómo un grupo de personas, que aparentaban ser militares, intercambiaba algunas palabras con los granaderos apostados en el edificio.
Erguido como un mástil, Aliberto Rodrigañez Ricchieri, jefe de la guardia, mostraba un claro desprecio hacia aquellos hombres que no habían sido invitados.
Por los gestos, Illia observó que no se trataba de un diálogo amistoso, y no pudo evitar sonreír un poco ante la dignidad de quienes defendían el honor de un presidente -de un país- que, ahora se daba cuenta con claridad, había caído horas antes.
No sería la primera vez que, con orgullo, se diría a sí mismo: “Por ellos estoy aquí”. Esa escena, el coraje y el compromiso de esos hombres que no le debían nada a él más sí a su investidura, habían confirmado su temprana resolución.
Dedicó algunos momentos a escrutar las acciones, buscando los rostros de quienes no habían acudido a la cita, pero que secreta y cobardemente propiciaron su existencia(?). Luego volvió al trabajo que todavía le pertenecía como presidente de la República Argentina.
El general Julio Rodolfo Alsogaray, el brigadier Rodolfo Pío Otero -hasta ese momento jefe de la Casa Militar de la Casa Rosada-, el coronel retirado Luis Perlinger, y un grupo de oficiales que permaneció fuera del despacho, le ordenaron abandonar su cargo y el edificio, arguyendo que “los mandos de las Fuerzas Armadas” solicitaban su dimisión.
El presidente levantó la vista de los papeles que había acumulado en el escritorio, y descubrió con alguna sorpresa que no estaba preparado para afrontar el tenso cruce. La noche, los militares agolpados en su despacho, su colaborador esperando la foto firmada, el rostro entre colérico y adusto de su Granadero, y su propia calma ante la situación representaban un cuadro renacentista en el que él, figura principal de la escena, se sentía más como el espectador.
Alsogaray, nervioso ante la impasible actitud del hombre que tenía ante sí y al que había venido a deponer de una u otra manera, elevando un poco más la voz repitió la orden que le habían dado.
“El comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas soy yo; mi autoridad emana de esa Constitución que nosotros hemos cumplido y que usted ha jurado cumplir. A lo sumo usted es un general sublevado que engaña a sus soldados y se aprovecha de la juventud que no quiere ni siente esto”, replicó Illia.
Acostumbrado al mando y acaso a sentirse algo superior a los civiles con los que trataba, el General sintió la respuesta como el puntazo de una bayoneta en el pecho. Tan sólo atinó, por tercera vez, a reiterar el mandato.
Esta vez, la voz del Presidente sonó como un escopetazo:
“Usted no representa a las Fuerzas Armadas, sólo representa a un grupo de insurrectos. Usted, además, es un usurpador que se vale de la fuerza de los cañones y de los soldados de la Constitución para desatar la fuerza contra la misma Constitución, contra la ley, contra el pueblo. Usted y quienes lo acompañan actúan como salteadores nocturnos, que, como los bandidos, aparecen de madrugada”.
Mientras ambos hombres discutían, más actores ingresaron a la oficina presidencial, entre ellos el hijo del mandatario y un joven dirigente radical. A ellos fueron dedicadas algunas de las últimas palabras de esa madrugada. “Con este proceder quitan ustedes a la juventud y al futuro de la República la paz, la legalidad, el bienestar”
La historia recuerda que luego se sucedieron algunos intentos más de deponer al Presidente electo de la República Argentina, todos ellos infructuosos, y los visitantes nocturnos se vieron obligados a recurrir a la fuerza.
La mañana asomaba por los ventanales de la Casa Rosada cuando un grupo armado conformado por policías, civiles y militares, irrumpió -esa sería la última vez- en el despacho y rodeó el escritorio.
El griterío fue intenso, y tras algunos forcejeos que Illia, cansado y aturdido, identificó como el anticipo de algo más grave, decidió levantarse de la silla y caminar hacia la puerta. Es posible que todos los involucrados se lo quedasen mirando por algunos segundos, muchos intuyendo el futuro próximo y otros con la confianza que de la faena acabada.
La muchedumbre descendió la escalera hasta la planta baja y cruzó la puerta de entrada que daba a la calle, donde esperaba un taxi: Illia había vendido su auto particular en pleno mandato para pagar los gastos médicos de su esposa.
En las calles de Buenos Aires, para muchos comenzaba la jornada laboral. Tal vez por eso no prestaron atención al hombre canoso, todavía presidente, que subía a un vehículo de alquiler junto a otras seis personas para perderse en el olvido del inconsciente colectivo.
Al día siguiente, frío igual que el anterior, asumió el general Juan Carlos Onganía, autodenominando al golpe “Revolución Argentina”.

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