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Buenos Aires, querido

Después de la furia,
La lluvia le limpia la resaca.
Esta ciudad de calles oscuras
Y noches iluminadas,
No se da por vencida y busca un refugio
Para poder vibrar otra vez.

Recelosa de su grandeza
Decide crecer aún más,
Dejando rezagadas a muchas
Que, sin esa marea de gente,
Le compiten en omnipotencia.

Contaminada por su gente,
Que con su movimiento 
Le produce heridas constantes;
Compuesta por torres 
Que empañan la vista,
Se yergue alta sobre sus cimientos.

Buenos Aires no para nunca,
No toma descansos que la complican.
No la juzguen de egoísta,
Pues le cuesta mantenerse despierta;
Y todo lo que es,
Lo es quizás para nosotros.

Sin embargo no sabe lo que hace,
Se construye por ojos ajenos;
Y entonces se enciende todavía más,
Sin saber que su propio existir
La llevará a la sombra. 

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