Sentado en el tercer escalón, con la boca amarga de café con coñac, de cigarrillo negro y besos angustiosos de desencanto; una persona se pregunta por otra, por sí mismo y por los dos. No busca respuestas, busca razones, impulsos o motivos. Con la seguridad de un hallazgo inútil, se entrega a un llanto silencioso y breve. El peso de la burguesía corrupta y la aristocracia afianzada le duele en los hombros cansados de levantar bolsas en el puerto; su propio comunismo modificado con una arbitrariedad desconsolante le aprieta las sienes abarrotadas de sesiones sindicalistas inútiles. Piensa: ‘no existe tal cosa. Lo dijo él, que sería imposible, sólo imaginario. ¿Y qué me queda de lo otro?
Apenas un recuerdo punzante en el pecho.’ La voz familiar en la radio le promete una noche calurosa y calcula que son las 23.30. Como tantas otras veces en tantas otras noches, la bocina anuncia el término del receso y Waldemar dispone sus brazos a la pesada vida de cargamentos.
Un patrón lo mira con ojos irascibles, o como diría el muchacho, ‘ojos de más’. Viéndolo desde posición privilegiada, aquél hombre que ahora manda a otros, no demuestra ser ‘más’ que sus peones. A simple vista diremos que no supera los cincuenta y cinco años, prominentes canas le abrazan la cabeza, escasa altura y solemne panza le dan el aspecto de un duende de jardín. Poco tiene que ver el físico del capataz con sus acciones cargadas de rencor hacia los que ahora son lo que él fue antes.
Con la segunda bolsa de granos, le viene a Waldemar una oleada de frescas cavilaciones que comparte con nosotros. ‘Cómo te haría [me permito exponer: se refiere a su superior] una huelga si éstos [otra intromisión: refiriéndose a sus compañeros] tuvieran los huevos necesarios. Tienen bolsas en la cabeza. Cada una que cargan en un buque es un poco de sus cerebros. Ahí va un poco del de Pedro, allá del de Jorge. Chau cerebros, se van con el “Perestroika”, que les vaya bien en Rusia.’ A su favor alegamos que, no obstante el insulto, aprecia a sus camaradas. El problema es que ninguno reflexiona lo que él, ni él lo que ellos. Una imposición de ideas capitalistas tomó control de sus desordenadas mentes sin que pudieran hacer mucho al respecto. La falta de respeto se la deben a su jefe, el verdadero; dueño de toda la empresa y de diversos barcos que pueblan el muelle. Con un discurso basado en la baja de sueldos y los despidos les habituó la cabeza gacha y la queja muda.
Antes de partir a su habitáculo, nuestro personaje se despide de la prostituta que le punza el pecho y lo besa en la boca. ‘Hoy tuve poco trabajo y como viene la mano termino rápido. ¿Querés que me dé una vuelta por tu casa?’ Respuesta afirmativa de Waldemar, que secretamente esperaba el ofrecimiento.
El domingo es el día más triste de la semana; sin mañanas, con mediodías de muchedumbre, tardes con sobremesa de vino y charlas quejumbrosas. ‘Pero esta jornada, a diferencia de lo que piensan muchos, no es triste porque sea dominical, sino porque se acaba rápido. Entonces esta data pasa a ser la frontera entre seis días de trabajo pasado y seis de trabajo futuro’. Nuestro personaje tiene algunas preguntas, de ésas que surgen los domingos: ‘¿Existe la felicidad? ¿Alguien sabe qué es? ¿Hay una en común para el ser humano? ¿Es posible?’ Es interesante el despreocupado e involuntario orden del cuestionario. Si existe, ¿cómo saber que es ella? Si sé cómo es para mí, ¿será igual para un chino o un africano? Y ¿puede concretarse esa felicidad universal? Las preguntas quedan en su mente. Waldemar no parece querer compartir sus inquietudes con los demás.
Arremete: ‘no sirve hablar de política si no se hace nada. Yo puedo estar tres horas hablando sobre mi ideología, pero también tengo que ponerla en práctica. De lo contrario es hablar en balde. ¿Se entiende? Le tengo que dar un fin tangible a mi teoría.’ Merced a las miradas atónitas y la incomprensión de personas que no tienen ganas de discutir un tema mil veces hablado, la charla cae en una trampa de oso. Nuestro amigo [ya entramos en confianza con él] se siente ofuscado, vierte más vino en su vaso de plástico y escoge un lugar apartado para paladear la bebida. Nos parece que cree en eso de luchar por un sueño, comprendemos que, con tantas horas de trabajo, no es posible usar el tiempo en otra cosa que no sea intentar dormir o comer. El vino es ácido y los residuos producto de la mala calidad de su embotellamiento en cartón le producen una sensación parecida a la de ayer en la tarde [la repetición de pensamientos es mérito de las personas abatidas; el pobre Waldemar sufre de abatimiento constante. Puedo verlo en sus ojos distraídos y su mirada fija en cualquier punto]. ‘Esta borra del tinto se parece a sus cabezas. Dispersas y sin destino, flotando continuamente en el líquido espeso de la sociedad. Si cuento los vestigios seguro que el resultado me da nueve, como todos los que están acá [debido a las constantes materializaciones (siempre afines a cosas mediocres) que hace el amigo de sus amigos, me es preciso aclarar, otra vez, que los estima.
Antes de juzgarlo de mala manera, recordemos su pesar.].’ Pero por algún motivo ajeno a nosotros no cuenta a sus compañeros-residuos de vino. Se vuelve a dedicar a su bebida sin volver al asunto; una vez terminada la cuestión conveniente a la ingestión del líquido [perdón por esta nueva intrusión, pero ¿no les da impresión imaginar que se está bebiendo a sus camaradas?] se acerca con el paso cauteloso de quien tuvo malos pensamientos sobre otro y cree que ése otro pudo captarlos. Por lo que podemos ver nadie logró apreciar las reflexiones de Waldemar, lo aceptan de nuevo con ellos y le sirven un poco más de “Talacasto®” [esta mención a la marca del vino no es para nada una propaganda. El problema es que se me acabaron los sinónimos y tuve que apropiarme del nombre. Todos los derechos reservados]. Alguien arroja un comentario sobre el mecanismo de la trampa que lo hace abrirse. ‘No es tan malo trabajar en el puerto’. Al unísono todos [sí, incluso Waldemar]: ‘No, es verdad.’ Así escapan todos, retiran sus piernas de la trampa. ¿Serán conscientes de que están heridas?
Septiembre / octubre 2003
Apenas un recuerdo punzante en el pecho.’ La voz familiar en la radio le promete una noche calurosa y calcula que son las 23.30. Como tantas otras veces en tantas otras noches, la bocina anuncia el término del receso y Waldemar dispone sus brazos a la pesada vida de cargamentos.
Un patrón lo mira con ojos irascibles, o como diría el muchacho, ‘ojos de más’. Viéndolo desde posición privilegiada, aquél hombre que ahora manda a otros, no demuestra ser ‘más’ que sus peones. A simple vista diremos que no supera los cincuenta y cinco años, prominentes canas le abrazan la cabeza, escasa altura y solemne panza le dan el aspecto de un duende de jardín. Poco tiene que ver el físico del capataz con sus acciones cargadas de rencor hacia los que ahora son lo que él fue antes.
Con la segunda bolsa de granos, le viene a Waldemar una oleada de frescas cavilaciones que comparte con nosotros. ‘Cómo te haría [me permito exponer: se refiere a su superior] una huelga si éstos [otra intromisión: refiriéndose a sus compañeros] tuvieran los huevos necesarios. Tienen bolsas en la cabeza. Cada una que cargan en un buque es un poco de sus cerebros. Ahí va un poco del de Pedro, allá del de Jorge. Chau cerebros, se van con el “Perestroika”, que les vaya bien en Rusia.’ A su favor alegamos que, no obstante el insulto, aprecia a sus camaradas. El problema es que ninguno reflexiona lo que él, ni él lo que ellos. Una imposición de ideas capitalistas tomó control de sus desordenadas mentes sin que pudieran hacer mucho al respecto. La falta de respeto se la deben a su jefe, el verdadero; dueño de toda la empresa y de diversos barcos que pueblan el muelle. Con un discurso basado en la baja de sueldos y los despidos les habituó la cabeza gacha y la queja muda.
Antes de partir a su habitáculo, nuestro personaje se despide de la prostituta que le punza el pecho y lo besa en la boca. ‘Hoy tuve poco trabajo y como viene la mano termino rápido. ¿Querés que me dé una vuelta por tu casa?’ Respuesta afirmativa de Waldemar, que secretamente esperaba el ofrecimiento.
El domingo es el día más triste de la semana; sin mañanas, con mediodías de muchedumbre, tardes con sobremesa de vino y charlas quejumbrosas. ‘Pero esta jornada, a diferencia de lo que piensan muchos, no es triste porque sea dominical, sino porque se acaba rápido. Entonces esta data pasa a ser la frontera entre seis días de trabajo pasado y seis de trabajo futuro’. Nuestro personaje tiene algunas preguntas, de ésas que surgen los domingos: ‘¿Existe la felicidad? ¿Alguien sabe qué es? ¿Hay una en común para el ser humano? ¿Es posible?’ Es interesante el despreocupado e involuntario orden del cuestionario. Si existe, ¿cómo saber que es ella? Si sé cómo es para mí, ¿será igual para un chino o un africano? Y ¿puede concretarse esa felicidad universal? Las preguntas quedan en su mente. Waldemar no parece querer compartir sus inquietudes con los demás.
Arremete: ‘no sirve hablar de política si no se hace nada. Yo puedo estar tres horas hablando sobre mi ideología, pero también tengo que ponerla en práctica. De lo contrario es hablar en balde. ¿Se entiende? Le tengo que dar un fin tangible a mi teoría.’ Merced a las miradas atónitas y la incomprensión de personas que no tienen ganas de discutir un tema mil veces hablado, la charla cae en una trampa de oso. Nuestro amigo [ya entramos en confianza con él] se siente ofuscado, vierte más vino en su vaso de plástico y escoge un lugar apartado para paladear la bebida. Nos parece que cree en eso de luchar por un sueño, comprendemos que, con tantas horas de trabajo, no es posible usar el tiempo en otra cosa que no sea intentar dormir o comer. El vino es ácido y los residuos producto de la mala calidad de su embotellamiento en cartón le producen una sensación parecida a la de ayer en la tarde [la repetición de pensamientos es mérito de las personas abatidas; el pobre Waldemar sufre de abatimiento constante. Puedo verlo en sus ojos distraídos y su mirada fija en cualquier punto]. ‘Esta borra del tinto se parece a sus cabezas. Dispersas y sin destino, flotando continuamente en el líquido espeso de la sociedad. Si cuento los vestigios seguro que el resultado me da nueve, como todos los que están acá [debido a las constantes materializaciones (siempre afines a cosas mediocres) que hace el amigo de sus amigos, me es preciso aclarar, otra vez, que los estima.
Antes de juzgarlo de mala manera, recordemos su pesar.].’ Pero por algún motivo ajeno a nosotros no cuenta a sus compañeros-residuos de vino. Se vuelve a dedicar a su bebida sin volver al asunto; una vez terminada la cuestión conveniente a la ingestión del líquido [perdón por esta nueva intrusión, pero ¿no les da impresión imaginar que se está bebiendo a sus camaradas?] se acerca con el paso cauteloso de quien tuvo malos pensamientos sobre otro y cree que ése otro pudo captarlos. Por lo que podemos ver nadie logró apreciar las reflexiones de Waldemar, lo aceptan de nuevo con ellos y le sirven un poco más de “Talacasto®” [esta mención a la marca del vino no es para nada una propaganda. El problema es que se me acabaron los sinónimos y tuve que apropiarme del nombre. Todos los derechos reservados]. Alguien arroja un comentario sobre el mecanismo de la trampa que lo hace abrirse. ‘No es tan malo trabajar en el puerto’. Al unísono todos [sí, incluso Waldemar]: ‘No, es verdad.’ Así escapan todos, retiran sus piernas de la trampa. ¿Serán conscientes de que están heridas?
Septiembre / octubre 2003
Muy bueno, ¿algún exceso en los paréntesis? Trabajalo un poco más... En mi opinión de lector aficionado claro.
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